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De lo sublime a lo ridículo media un solo paso: lo cursi

enrique vaque

(Escritor)

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«En política se puede hacer de todo menos el ridículo». La frase se popularizó en España de la mano de Josep Tarradellas, expresidente de la Generalitat de Cataluña, aunque su origen suele atribuirse al primer ministro francés Antoine Pinay, a quien el president se la habría tomado prestada tras una conversación entre ambos.

Y hay una variante del ridículo que quizá sea la peor en política: la cursilería.

La actual precampaña, que apenas se distingue de una campaña en toda regla, lo confirma. Me refiero a la «precampaña del amor» que ha emprendido el PSOE. 

Dejemos a un lado las simpatías de cada cual. Hemos visto al presidente Sánchez besando apasionadamente (es un decir) a su esposa, todavía investigada por la justicia, en pleno mitin del pasado sábado, como si fuera el final de una película romántica de bajo presupuesto. Lo hemos visto en esos  bailes forzados y mecánicos que protagonizó luego sobre la tarima mientras en Barcelona la policía intentaba restablecer el orden en las calles. Vemos la chapita que lleva en el pecho  con un corazón y la palabra «zurdo», que adopta el lenguaje y las categorías de Milei, el mismo que lo insulta sin pudor.

¿No resulta ridículo todo esto? ¿Alguien puede creer, además, que a un ministro como Óscar Puente lo mueva el amor? El lenguaje corporal los delata enseguida. Tras el beso apasionado, la cara del presidente dice sin ambages: «Hay que ver lo que tiene uno que hacer en esta vida». Y la voz de Puente no acompasa en ningún momento el texto relamido que lee.

Pero la cursilería no es un accidente: detrás hay un cálculo. El propósito parece ser contrarrestar el mensaje de la «extrema derecha», que se quiere identificar con el odio, y erigir al PSOE en único referente de la izquierda. Quizá lo logre, e incluso obtenga un resultado decente en las próximas elecciones a base de canibalizar a las fuerzas situadas a su izquierda. Pero con ello solo acelerará la descomposición del llamado progresismo.

Y es que el amor como eslogan es lo que queda cuando se agotan las ideas. Vivimos un fin de época y los más lúcidos lo saben: el Titanic del marxismo arrastra hacia el fondo, atados a él por un cable, a sus pocos herederos que aún flotan.

Por eso la «campaña del amor» tiene algo de cursilería crepuscular, la forma más chocante del ridículo.

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Enrique Vaqué

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