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TURISTA EN MI TIERRA

Susana Gisbert
SUSANA GISBERT
SUSANA GISBERT

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En estos días de asueto que nos trae la Semana Santa, he recibido la visita de familiares de otros puntos de España. Cosas que a todo el mundo le suceden especialmente si, como el caso de mi familia política, se está diseminado por todo el territorio.

En estas ocasiones hay que ejercer de buena anfitriona y enseñar aquellas cosas de las que más hemos de enorgullecernos. Además, por supuesto, de comer paella e ir a la playa, que eso viene de serie.

Y en estos momentos es cuando nos damos cuenta del poco caso que hacemos a las cosas que tenemos al alcance de la mano. Monumentos, iglesias, calles, museos, rincones y un montón de sitios que ignoramos olímpicamente por el simple hecho de tenerlos ahí, esperándonos para cuando tengamos a bien prestarles un poco de atención

Me acordaba de que hace mucho tiempo, cuando aprobé la oposición y mis compañeros de otras ciudades vinieron de visita, subí las escaleras del Miguelete por vez primera, porque hasta entonces ni a mí ni a nade de mi entrono se le había ocurrido. Y esa anécdota se repite en el tiempo y en el espacio, se venga del lugar del que se venga. Seguro que mucha gente sabe bien de lo que hablo.

Así que en estos días he revivido esta experiencia. Y aunque no he ido a sitios que no conocía, sí he redescubierto alguno que otro o me he parado en detalles a las que no dedicaba ni un minuto de mi tiempo

Es una pena que los seres humanos seamos así, que no sepamos valorar lo que tenemos hasta que viene alguien de fuera. Pero debe ser cosa de la naturaleza humana, aunque no es nada que no tenga remedio. Puede parecer mentira, pro somos capaces de patear hasta el último rincón de cualquier lugar al que nos vayamos de viaje e incapaces de perder unos minutos en visitar nuestro entorno

Por eso, aprovechando que esta circunstancia que me ha hecho disfrutar de mi ciudad, de sus calles, de su clima, de su gastronomía y de la amabilidad de la gente -o de la mayoría, que tampoco hay que exagerar- quería hacer una llamada a la reflexión. Y, de paso, una invitación. No esperemos a tener visita para disfrutar de lo nuestro. No esperamos a que vega nadie de fuera para valorar nuestras cosas. Tenemos un patrimonio fantástico. No dejemos de disfrutarlo. 

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Susana Gisbert
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