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Hace casi medio año, dedicaba esta ventanita por la que me asomo al mundo cada semana a una experiencia maravillosa: mi primer concierto de coro. Desde entonces, como Salomé desde que ganó Eurovisión, vivo cantando. Y aunque no tengo el traje de pedrería -me estoy planteando hacerlo con macarrones en mi taller de costura- no importa El poder de la música me ha abducido por completo.
En su día, seguro que hubo quien pensó que lo del coro era una locura mía y se me pasaría igual que me vino. Pero quien me conoce bien sabe que no soy amiga de dejar cosas a medias y que entregarme en cuerpo y alma a todo lo que emprendo es mi santo y seña.
No obstante, lo de cantar en un coro no es un esfuerzo, sino todo lo contrario. Es algo tan gratificante que vivo cada semana esperando ansiosa que llegue el día del ensayo. Y, aunque detrás del resultado hay un importante esfuerzo, sarna con gusto no pica. Las horas invertidas en estudiar las canciones, en ensayarlas una y otra vez y en escuchar las grabaciones en bucle como si no hubiera un mañana forman parte de un proceso de que se disfruta cada momento. Algo que nos recordaba Marta, nuestra directora, en el mensaje que nos enviaba para cerrar el curso y celebrar el éxito. Confío en que a ella también le compensen todos sus años de formación y el esfuerzo realizado para conseguir que sonemos bien y arranquemos como lo hicimos los aplausos de público.
Confieso que sigo en mi nube tras los conciertos de fin de curso, y sigo viendo los vídeos una vez y otra sin cansarme. Un subidón que, según compruebo en los chats en los que nos comunicamos, no es solo cosa mía. Bendita locura compartida.
No sé cómo voy a pasar los meses de verano sin ir a cantar, aunque mi ducha y mi coche seguirán siendo testigos de mis avances musicales. Y seguiré compartiendo música y otras cosas con mis compañeras, que ya se han convertido en amigas, mientras espero que llegue septiembre.
Hasta entonces, solo me queda dar las gracias a Marta, directora y alma de los coros de Black Bottom, Sing by me -del que formo parte- y Aviveu, las dos ramas de un mismo árbol, a los músicos sin los cuales nada de esto sería posible y a mis compañeros y compañeras de ambos coros. Cantar juntos es verdadera armonía, y no solo por lo bien que sonemos.
Así que, si empezaba estas líneas con Salomé y su Vivo cantando, las acabaré con otro título eurovisivo, en este caso del rumbero Peret: Canta y sé feliz.