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Casilo habíamos olvidado, pero no hace tanto que andábamos por la calle conmascarilla, o la llevábamos en el bolsillo porque era necesaria para viajar entransporte público, para entrar en una farmacia o para ir al ambulatorio. Enese momento, después de muchos días de encierro forzoso y restricciones acascoporro, lo de llevar mascarilla nos parecía peccata minuta. Apenas unamolestia después de todo lo que habíamos pasado, y de la cantidad de dolor y pérdidasque dejábamos atrás.
Pero también es verdad que el día que, enlas farmacias y los centros de salud, el último reducto donde todavía se exigíamascarilla, dejaron de ser obligatorias, fue como un punto final a la pesadilla.La pandemia y sus consecuencias estaban finiquitadas. O eso creímos.
Y, de repente, vuelven. Ahora que yanos resultaba raro ver imágenes de aquellos tiempos, esas imágenes retornan. Haempezado poco a poco, con personas más o menos aprensivas que han decidido rescatarlasy con recomendaciones para determinados casos puntuales, pero ahora ya es unhecho. Primero han sido unas pocas Comunidades Autónomas -la nuestra entreellas-, luego ha venido el Ministerio de Sanidad y la generalización, a pesarde las reticencias. Las mascarillas vuelven a ser obligatorias en los centrosmédicos.
Confieso que, al oírlo, me dio unamezcla de rabia, de miedo y de pena. Rabia, porque no conseguimos acabar con elbicho, miedo por el temor a volver a aquellos días, y pena por las sonrisas quenos perdemos. Pero luego me repuse y, como soy optimista, me quedé con la ideade que más vale prevenir que curar, y que ahora estamos preparados para lo queen su día nos pilló desprevenidos. Y que, por supuesto, con las vacunas nadavolverá a ser como entonces. Por fortuna.
Así que no nos asustemos, que no es paratanto. Que la gripe de siempre viene ahora acompañada de su primo COVID encuanto el termómetro empieza a bajar, y los mocos, y las toses han sido siempremoneda corriente en los inviernos. En realidad, no es más que la prueba evidentede que hemos vuelto a la normalidad de toda la vida, no a esa que llamamos “nueva”y que seguía anclada en el miedo al COVID y sus consecuencias.
Ni siquiera hemos cumplido aquello queafirmábamos con total convicción. No hemos salido mejores. Somos exactamente igualesque éramos antes. Con mascarillas, o sin ellas.