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El problema de los ochenta mil, marroquíes o no, que atravesaron nuestra frontera, era desde el principio un problema arduo. Ahora es imposible; a no ser la solución de ese mala bestia que campa por sus respetos: cazarlos uno a uno y pum, pum, o la de las fragatas patrullando por mar y los tanques por tierra, además de un ejército pertrechado hasta los dientes, propuesta de otro que presume de español y cuyas ideas asustan, capaz de llevarse por delante a cristo en verso.
Todo, para enfrentarse a unos miles de muchachos hambrientos que, en busca de un mundo mejor, vienen con las manos extendidas pidiendo pan y trabajo. Dejadme decir con García Lorca aquello de: Si yo pudiera, mocitos, este trato se cerraba; pero yo ya no soy yo ni mi casa es ya mi casa…
¿Y ahora, qué? Nos quedan las villas y aldeas vacías, casas derruidas, tierras abandonadas... Hacen falta esas tierras fértiles y desbrozadas, chimeneas con humo, caminos con sonido de cencerros, herraduras de mula y canciones de arado. En resumen: Vida. Sí, la vida.
Los trabajadores se nos ofrecen jóvenes y fuertes desde Ceuta ¡qué buenos nuevos españoles serían!
Solo hace falta lo que más abunda: dinero. El dinero de Europa que se mira el ombligo sin mover un dedo, de los grupos de sectores energéticos, tecnológicos, eléctricos, bancarios, financieros, que presumen cada año del aumento indecente de sus beneficios…
La utopía; pero ¿qué otra cosa nos queda? Y si no, cuando esto reviente, no será sin dolor, sudor y lágrimas.
Recordad a Serrat, en su canción impagable “Disculpe el señor”.
Mas o menos así: el señor, sin querer enterarse, al criado:
Si bien me quieres,
bien te quiero
pero no me toques el dinero…
El criado al señor: Yo me despido. Recíbalos usted. Están en la puerta. Hace un rato eran cientos y ahora son miles.
Que Dios le inspire
o que Dios le ampare
que esos no se han enterado
de que Carlos Marx está
muerto y enterrado.
¿…Y ahora qué?