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Hay edificios que impresionan por su altura y modernidad, pero cuya estabilidad depende de algo que no se ve: los cimientos. Si estos son deficientes, da igual cuánto hormigón, acero o cristal se añada después. Antes o después aparecerán las grietas, llegarán los apuntalamientos, los remiendos y, finalmente, la evidencia de que el problema nunca estuvo en la fachada, sino en el origen. Eso mismo ocurre con À Punt. La radiotelevisión pública valenciana nació con un pecado original que nunca ha logrado sacudirse. No fue únicamente una cuestión de recursos o de audiencias. Fue un problema de concepción. Se quiso levantar un proyecto nuevo sobre las ruinas emocionales y políticas del cierre de RTVV, pero en lugar de aprender de los errores se optó por construir desde una visión ideológica, burocrática y excesivamente intervencionista. La radiotelevisión valenciana nació con un concurso público trucado y viciado que ha provocado que el servicio público no acabe de cuajar en la Comunitat Valenciana, muy lejos de los años gloriosos de Canal 9 y de los resultados actuales de televisiones públicas autonómicas como TV3, TVG, Canal Sur o Aragón TV. Pero, ¿hay esperanza? Esta pasa por que todos los partidos con representación en les Corts Valencianes admitan que para funcionar debe haber un acuerdo de mínimos respecto al modelo, en el que quepa toda la sociedad valenciana, que es plural y diversa. De lo contrario, continuará en la irrelevancia y, lo que es peor, peligra incluso su continuidad.
El desastre comenzó cuando el Botànic -PSPV y Compromís con el apoyo externo de Podemos- se dio prisa para reabrir la radiotelevisión pública. Era de justicia hacerlo, para enmendar el tremendo error de Alberto Fabra 'el breve', quien estaba al frente de la Generalitat Valenciana cuando se cerró Canal 9. Sin embargo, el Botànic lo hizo rematadamente mal: montó un concurso público que resultó amañado y se equivocaron con la elección del nombre, que no dice nada de nada. À Punt pretendía simbolizar un nuevo comienzo, pero nunca consiguió convertirse en una marca con arraigo popular. Se rompió deliberadamente con décadas de identidad audiovisual valenciana sin ofrecer una alternativa capaz de generar el mismo vínculo con la sociedad. El 9 tenía que haberse recuperado para sintonizar la nueva Canal 9 en el mando a distancia y para unir con la vieja televisión que tantas cosas buenas programó.
Después llegó el diseño del modelo. Se apostó por levantar una estructura completamente nueva, prescindiendo de buena parte del conocimiento acumulado durante décadas y diseñando un entramado administrativo que, lejos de aportar agilidad, convirtió la gestión en un laberinto permanente. Mucho personal y poco dinero para producciones valencianas y para doblaje. El resultado, casi al cumplirse una década de emisiones (la primera fue el 11 de diciembre de 2017 con la radio, el 25 de abril de 2018 con las pruebas de la tele y el 10 de junio con las emisiones regulares), la radiotelevisión pública no ha conectado con la sociedad valenciana.
Hagamos memoria para aquellos que no quieren admitir su parte de culpa, como la diputada socialista Mercedes Caballero. Se le ha olvidado que el concurso público para elegir la dirección general estuvo rodeado de sospechas y críticas que terminaron con el recurso presentado ante la justicia y que llevó a anular el nombramiento de la primera directora general, Empar Marco. Se trató de un concurso público amañado, un tongo que aupó por meras afinidades ideológicas a la que candidata con el tercer peor Curriculum Vitae de los 20 aspirantes, como quedó plasmado en A Punt crónica de un fracaso anunciado, de NPQ Editores.
Desde entonces, À Punt ha vivido en una permanente reforma. Cambios de dirección, modificaciones en la programación, nuevos planes estratégicos, revisiones de audiencia, remodelaciones internas… Siempre parcheando. Siempre intentando corregir síntomas sin afrontar la enfermedad.
Porque cuando una organización nace con una arquitectura equivocada, cada gestor intenta salvarla añadiendo una planta más, cambiando una ventana o pintando la fachada. Pero los cimientos siguen siendo los mismos. El resultado es que, cuando hay un pequeño problema, la estructura tiembla y, en cualquer momento, el edificio puede volver a derrumbarse.
Los datos de audiencia, la limitada influencia social y la dificultad para justificar el enorme esfuerzo económico no son fenómenos aislados. Son la consecuencia lógica de un proyecto que nunca terminó de definir para quién existía ni qué papel quería desempeñar en la sociedad valenciana. Unos la comenzaron dirigida a una minoría social y los siguientes metieron toros con calzador. La verdad es que À Punt conectará cuando haga programas para todos los públicos y represente a todos los sectores de la Comunitat Valenciana.
Eso no significa que una radiotelevisión pública carezca de sentido. Al contrario. Una comunidad como la valenciana necesita un medio público fuerte, útil, plural y competitivo. Es imprescindible para vertebrar y para dignificar el autogobierno de una comunidad histórica, es fundamental para afianzar el maltrecho sector audiovisual y de doblaje. Pero precisamente por eso resulta más frustrante comprobar cómo se ha desaprovechado una oportunidad histórica.
Hoy el edificio sigue en pie. Pero necesita continuos apuntalamientos para sostenerse. Cada nueva dirección promete la solución definitiva y cada cambio político anuncia un nuevo rumbo. Sin embargo, mientras nadie se atreva a revisar los cimientos, el resultado será siempre el mismo. Porque hay una verdad tan sencilla como incontestable: un edificio construido sobre una mala base nunca deja de dar problemas. Puede resistir durante un tiempo. Puede maquillarse. Puede incluso aparentar solidez. Pero nunca será estable. Y todo ello a pesar de que cuenta con extraordinarios profesionales.