Añadir El Periodico de Aquí como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Hay imágenes que hablan por sí solas. Contenedores desbordados. Bolsas de basura amontonadas en las aceras. Malos olores en pleno verano. Vecinos obligados a buscar otro barrio para tirar la basura porque en el suyo ya no cabe una bolsa más.
Lo peor es que ya casi nos estamos acostumbrando. Y eso debería preocuparnos.
Porque la limpieza de una ciudad no es solo una cuestión de higiene. Es una cuestión de dignidad. Es la primera impresión que se lleva quien nos visita, pero, sobre todo, es la imagen con la que convivimos quienes vivimos aquí cada día. Una ciudad limpia transmite cuidado, orgullo y respeto por el espacio que compartimos. Una ciudad sucia transmite exactamente lo contrario: abandono, misería y dejadez de los que deben preocuparse por ella, los políticos.
Durante semanas, los vecinos y vecinas han llenado las redes sociales de fotografías y mensajes de indignación. No hace falta buscarlos; aparecen solos. Todos cuentan la misma historia: contenedores llenos hasta arriba, basura fuera de ellos y una sensación de que nadie está al mando. La huelga de la SAG hizo visible un problema que ya existía, pero el conflicto terminó y la suciedad sigue ahí. Porque el verdadero problema nunca fue solo la huelga. El problema es la gestión.
Y mientras todo esto ocurre, los vecinos pagan más que nunca por el servicio. Mucho más. La tasa de basura pasó de 55 a 111 euros. El doble. Se nos pidió un mayor esfuerzo económico con la promesa de un mejor servicio. La realidad, sin embargo, es exactamente la contraria: pagamos el doble y recibimos menos.
A los de lo social, los que dicen preocuparse por los vecinos, lo que mejor se les ha dado desde que llegaron a gobernar es subir, subir y subir los impuestos y tasas, mientras el servicio que se recibe cada vez es peor. Juzguen uds.
A ello se suma el fracaso de los nuevos contenedores. Se presentaron como una modernización del sistema, pero la experiencia diaria demuestra que no responden a las necesidades de la ciudad. Su capacidad resulta insuficiente, dificultan el depósito de residuos y provocan que la basura termine donde nunca debería estar: en la calle.
Y cuando una decisión no funciona, gobernar consiste en rectificar. Escuchar a los vecinos, reconocer los errores y buscar soluciones. No en mirar hacia otro lado mientras las quejas se acumulan al mismo ritmo que las bolsas de basura.
Los ciudadanos no piden milagros. No exigen grandes titulares ni campañas de propaganda. Solo quieren salir de casa y encontrar una ciudad limpia. Quieren que los impuestos que pagan sirvan para mejorar su calidad de vida. Quieren sentirse orgullosos de su ciudad.
Porque una ciudad no se mide por los discursos de quienes la gobiernan, sino por el estado de sus calles.
Y hoy, por desgracia, el problema ya no es solo que nuestras calles huelan mal. Es que hay una gestión que también apesta.