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Ahora que se acerca un curioso evento astronómico, el eclipse de este próximo 12 de agosto, en mayo de 1910, Valencia vivió una de sus jornadas más surrealistas. Mientras el cometa Halley surcaba el firmamento, la ciudad no celebró el hito: se blindó contra él. La creencia en una atmósfera letal provocó una histeria colectiva sin precedentes que convirtió el miedo, y no la ciencia, en el protagonista absoluto de la ciudad.
El año 1910 no comenzó como cualquier otro. La noticia de que la Tierra atravesaría la cola del cometa Halley corrió como la pólvora, pero fue la interpretación de ese fenómeno lo que transformó la curiosidad en un pánico irracional. El anuncio de que los astrónomos habían detectado cianógeno —un gas tóxico— en la estela del astro fue el detonante. La prensa de la época, con sus titulares alarmistas, hizo el resto: lo que era un evento astronómico fascinante se convirtió en el anuncio inminente del juicio final.
En Valencia, el ambiente fue de absoluta zozobra. Durante los días previos al paso del cometa, el 18 y 19 de mayo, se respiraba una mezcla de fatalismo y pavor. El miedo a que el aire se tornase irrespirable provocó escenas que hoy nos parecen propias de una novela distópica. En los barrios de la capital, muchos vecinos decidieron sellar sus hogares. No era extraño ver puertas y ventanas herméticamente cerradas con trapos húmedos, empapados en agua o vinagre, bajo la creencia supersticiosa de que este sencillo método actuaría como filtro contra las mortíferas emanaciones cósmicas.
La «industria del miedo» también hizo su agosto. Aprovechando el desconcierto, floreció un mercado de lo absurdo: se vendieron amuletos contra el cometa y las famosas «píldoras protectoras», preparados inútiles que prometían inmunizar al organismo frente al envenenamiento atmosférico. La irracionalidad llegó a tal punto que hubo ciudadanos que, antes de la noche del cruce, se despidieron de sus familias o buscaron refugio en las iglesias, esperando que el cometa fuera la plaga bíblica que borrara la vida de la faz de la Tierra, Incluso algunos decidieron quitarse la vida antes que sufrir el colapso del fin del mundo.
Las crónicas de la época narran sucesos curiosos: en algunos pueblos de la huerta valenciana, se cuentan historias de personas que se subieron a los tejados con paraguas para protegerse de una posible «lluvia de fuego» o de otros que pasaron la noche escondidos en bodegas subterráneas, creyendo que la profundidad de la tierra era el único lugar seguro. En los cafés, las tertulias se dividían entre aquellos que citaban las leyes de la física para llamar a la calma y los profetas de ocasión que veían en el cometa la señal definitiva de los tiempos postreros.
Hubo incluso quien, llevado por la desesperación, decidió vaciar sus ahorros en grandes banquetes o fiestas privadas, convencidos de que el dinero ya no tendría valor al amanecer del día 20. Se cuenta que en el barrio del Carmen se organizó una vigilia improvisada donde, entre oraciones y llantos, la gente aguardaba el impacto cósmico que nunca llegó. El miedo a lo desconocido había anulado el sentido común, demostrando que la barrera entre la modernidad del siglo XX y el pensamiento mágico es mucho más delgada de lo que nos gusta admitir.
Cuando el sol salió el 19 de mayo sobre una Valencia intacta, el alivio dio paso a una inevitable vergüenza. El «día después» fue un ejercicio de humor ácido en la prensa, que ridiculizó los excesos vividos. El cometa, silencioso y majestuoso, no había traído la muerte, pero sí había dejado al descubierto la fragilidad del racionalismo humano ante lo inmenso. Aquel evento demostró que, incluso en plena era tecnológica, el miedo a lo invisible es capaz de paralizar una sociedad. Valencia sobrevivió a aquel apocalipsis imaginario, dejando tras de sí un capítulo que hoy nos recuerda que, a menudo, nuestro mayor enemigo no es el cielo, sino nuestra propia incertidumbre y la facilidad con la que nos dejamos arrastrar por el pánico colectivo.