Añadir El Periodico de Aquí como fuente preferida de Google de forma gratuita.
En 1756, un soldado napolitano llamado Don Antonio Adorno fue procesado por la Inquisición valenciana por nigromancia, adivinación amorosa y ritos que insultaban la misa y la cruz. Su caso, documentado en los archivos del Santo Oficio, revela un universo de libros prohibidos, conjuros y superstición en la Valencia del siglo XVIII.
En la Valencia de 1756, cuando las ideas de la Ilustración comenzaban a transformar Europa, todavía había hombres que aseguraban conocer fórmulas capaces de alterar el destino, descubrir secretos o someter la voluntad ajena. Uno de ellos fue Don Antonio Adorno, un soldado napolitano destinado en el Reino de Valencia cuyo nombre quedó atrapado en los expedientes de la Inquisición.
El 20 de mayo de aquel año, los inquisidores valencianos Antonio Pelegen Venero e Íñigo Ortiz de la Peña examinaron las acusaciones reunidas contra él. Antonio Adorno era señalado por practicar nigromancia, adivinación amorosa y otras operaciones mágicas. También se le atribuían ceremonias consideradas ofensivas contra la misa y la cruz, así como la afirmación de que podía hacerse invulnerable a las espadas mediante determinados conjuros.
No era, por tanto, la imagen del hechicero rural perdido en algún rincón del interior de Valencia o de sus huertas. Adorno era militar y tenía acceso a un mundo de circulación de personas, noticias y libros. Su caso demuestra que las creencias mágicas no pertenecían únicamente a los sectores populares. También podían penetrar en ambientes urbanos y entre individuos con cierta educación y movilidad.
Uno de los elementos más inquietantes del proceso era un supuesto libro de magia. Adorno había declarado conocerlo y utilizar sus fórmulas. En las acusaciones aparecen prácticas destinadas a la adivinación y a influir sobre otras personas. La Inquisición valenciana consideró aquellas actividades que eran suficientemente graves como para ordenar su prisión secreta y el secuestro de sus bienes.
Pero misteriosamente el libro desapareció.
Cuando Adorno fue finalmente detenido en Reus, ya en Cataluña, los inquisidores no encontraron aquel supuesto grimorio entre sus pertenencias. Solo aparecieron otros documentos, entre ellos papeles relacionados con la nobleza de la familia Adorno. El misterioso volumen que había mencionado durante el proceso no pudo ser presentado como prueba material.
El expediente continuó en Barcelona, donde fue interrogado en agosto de 1756. Algunas acusaciones fueron negadas y otras reconocidas. Finalmente, el tribunal lo condenó el 14 de agosto a una severa reprensión y al destierro perpetuo de los dominios españoles.
Para la historia de la Comunidad Valenciana, el caso resulta especialmente revelador. La Valencia del siglo XVIII no había dejado atrás las antiguas creencias en hechizos, amuletos, adivinaciones y prácticas mágicas. La Inquisición seguía vigilando aquellas conductas, especialmente cuando podían confundirse con superstición, fraude religioso o prácticas consideradas heréticas.
El caso de Adorno nos devuelve, además, una imagen poco conocida de aquella Valencia: una ciudad donde junto a médicos, comerciantes, militares y clérigos podían circular historias sobre conjuros, libros prohibidos y poderes extraordinarios. Esto demuestra que Valencia era muy boyante en estas temáticas y existía un gran interés.
Y queda una pregunta sin respuesta.
Si Adorno realmente poseía aquel libro de nigromancia, ¿dónde terminó el ejemplar?
El expediente inquisitorial guarda silencio.
Quizá fue destruido. Quizá alguien lo ocultó.
O quizá sus páginas continúan perdidas, en algún lugar de la historia valenciana, esperando todavía ser encontradas.
Y si algún día alguien las encuentra… ¿quién sabe qué podría despertar entre sus páginas?