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Hay noches en las que una librería deja de parecer una librería.
La noche en que El cabaret del infierno, de Izara Batres, llegó a la Librería El Imperio de Ruzafa, el espacio se llenó de público y de esa expectación particular que precede a los acontecimientos que prometen algo más que una presentación editorial. Entre libros, lectores y conversación, la calle Sueca parecía quedar por un instante al otro lado de una frontera.
Dentro comenzaba París. Y, con París, comenzaba el infierno.
Fue Antonio Camaró, artista internacional y figura de reconocida sensibilidad hacia la cultura y las artes, quien condujo al público hasta ese territorio fronterizo con una intervención de marcada vocación literaria e intelectual. No se limitó a presentar una novela: construyó ante los asistentes el umbral por el que entrar en ella.
Imaginó el París de 1938, cuando Europa avanzaba hacia la catástrofe y el aire parecía cargado de presagios. En el Boulevard de Clichy apareció entonces L’Enfer Cabaret, aquel lugar real cuya entrada tenía la forma de una gigantesca boca diabólica.
Una imagen perfecta para una novela que habla precisamente de aquello que se oculta detrás de las apariencias. Porque en El cabaret del infierno el infierno no es únicamente un lugar. Es una metáfora.
Un cabaret, muchas máscaras
Camaró presentó L’Enfer como el punto de partida de un universo en el que las máscaras sociales, los juegos de poder, los secretos y las zonas oscuras de la historia terminan entrelazándose.
En ese escenario aparecen Ginebra Wilde y Théo Bernard, dos personajes unidos por un misterio que atraviesa el París de entreguerras, el nazismo, las sociedades secretas, los enigmas arqueológicos y fuerzas cuya naturaleza parece desafiar las fronteras convencionales de la realidad.
Pero lo verdaderamente sugerente de la presentación estuvo en la manera en que Camaró desplazó la conversación desde la ficción hacia la vida. Sus preguntas no fueron las habituales de una presentación, sino interrogantes que abrieron otras puertas.
¿Qué hay debajo de las máscaras con las que vivimos? ¿Cuándo se produce la verdadera derrota de una persona? ¿Es necesario mirar al abismo para descubrir quiénes somos? ¿Puede alguien convertirse en monstruo precisamente por haber aprendido a verse a sí mismo como un monstruo?
Y quizá la más incómoda: ¿qué ocurre cuando una sociedad deja de querer individuos que piensen y empieza a preferir individuos que simplemente funcionen?
La conversación adquirió así una dimensión que desbordaba la novela. Antonio Camaró demostró que presentar un libro puede ser también una forma de interrogar el mundo.
La literatura como resistencia
Uno de los grandes hallazgos de El cabaret del infierno es que su oscuridad no constituye el destino final de la historia. Es el camino.
Batres utiliza el terror, el misterio, el esoterismo y el totalitarismo para descender hacia las zonas más sombrías de la condición humana, pero desde allí busca una salida, una grieta, una posibilidad de luz.
Por eso Ginebra y Théo no son héroes convencionales. Son seres humanos golpeados por la vida, aparentemente poco preparados para librar una batalla de dimensiones extraordinarias. Sin embargo, conservan algo que en el universo de la novela resulta decisivo: la capacidad de no renunciar a su humanidad.
Batres ha explicado que ambos representan, desde perspectivas distintas, esa resistencia de lo humano frente a la maquinaria de la oscuridad. Ginebra encarna especialmente la poesía y una sensibilidad capaz de percibir dimensiones que otros personajes no alcanzan a ver; Théo representa al hombre común, al individuo que podría ser cualquiera de nosotros.
Son, de alguna manera, dos improbables contendientes frente a Goliat. Y precisamente por eso importa su lucha.
La novela plantea una posibilidad que parece casi romántica en una época de cinismo: que lo imposible pueda suceder.
Cortázar entra en escena
En ese viaje intelectual, Antonio Camaró recurrió también a Julio Cortázar, y no de manera ornamental. La referencia tenía un sentido profundo.
Camaró recordó en varias ocasiones durante su intervención una de las frases esenciales de Rayuela: «No puede ser que estemos aquí para no poder ser», una expresión que condensa buena parte de la inquietud existencial de Horacio Oliveira.
En el contexto de El cabaret del infierno, la frase adquiere una resonancia particular. Toda la novela parece formular una pregunta semejante: ¿puede el ser humano aceptar que vivir consista únicamente en obedecer, consumir, producir, temer y sobrevivir?
La respuesta de Batres es una reivindicación: pensar, soñar, amar, crear y ser.
La literatura aparece así no como una evasión de la realidad, sino como una manera de defender aquello que la realidad intenta arrebatarnos.
Cuando el mal deja de ser una caricatura
Otro de los aspectos que Camaró supo explorar con especial profundidad fue la representación del mal.
El nazismo aparece en la novela como símbolo del totalitarismo y de una maquinaria capaz de convertir la obediencia en sistema. Pero Batres se atreve a introducirse también en sus grietas internas: la represión, el miedo, las identidades negadas, la lucha por el poder y la transformación del individuo cuando empieza a contemplarse a sí mismo desde la lógica de la monstruosidad.
Especialmente perturbador resulta Lucius. A través de él, la autora plantea una cuestión que supera la novela histórica: qué sucede cuando una persona deja de reconocerse como ser humano y empieza a aceptar la imagen monstruosa que otros han construido de ella.
El mal, entonces, ya no aparece como una criatura lejana. Tiene educación, miedo, frustraciones y estructuras que lo alimentan. Y precisamente por eso resulta mucho más inquietante.
De la Atlántida a la física cuántica
Pocas presentaciones podrían recorrer en una misma conversación el París de los años treinta, Platón, la Atlántida, el nazismo, la poesía y la física cuántica sin que el trayecto pareciera absurdo.
En El cabaret del infierno, sin embargo, esas piezas forman parte de una misma constelación.
La novela se construye como un caleidoscopio: cada fragmento añade una perspectiva y modifica lo que creíamos saber. El misterio histórico se cruza con el filosófico, el esoterismo dialoga con la ciencia y la poesía se convierte en una forma de percepción.
La Atlántida adquiere un significado particularmente sugerente. No es simplemente una ciudad perdida, sino también una pregunta por lo que fuimos, por lo que podríamos haber sido y por las posibilidades que todavía permanecen ocultas en nuestra relación con el tiempo, el poder y el universo.
Batres se atreve incluso a poner en conversación dos lenguajes que tradicionalmente parecen vivir en habitaciones distintas: la ciencia y la poesía. Quizá porque ambas nacen de una misma necesidad ancestral: comprender aquello que todavía no comprendemos.
Una novela escrita ayer que mira al presente
La paradoja resulta inevitable. El cabaret del infierno se sitúa en una Europa que camina hacia la guerra, pero muchas de las preguntas que plantea parecen escritas mirando hacia nuestro presente.
Incertidumbre, desconfianza, corrupción, polarización, miedo y luchas de poder. Individuos cada vez más sometidos a estructuras que les dicen qué consumir, qué temer, qué desear y hasta quiénes deberían ser.
La novela plantea, frente a todo ello, una rebelión silenciosa: el derecho a conservar la autenticidad.
De ahí que uno de los conceptos fundamentales de Batres sea la pureza. No entendida como ingenuidad, sino como resistencia a la corrupción interior y como la capacidad de conservar una zona de uno mismo que todavía no ha sido comprada.
El arte de abrir una puerta
Al final, Antonio Camaró hizo algo más que presentar un libro. Abrió una puerta.
Al otro lado estaban el París de 1938, L’Enfer Cabaret, Ginebra, Théo, Lucius, la Atlántida, los secretos del poder, el terror, la poesía y una pregunta que parece perseguir al lector mucho después de cerrar la novela: ¿qué significa ser?
Quizá por eso resultó tan apropiado que la Librería El Imperio estuviera llena de público. Porque una librería es, en cierto modo, el lugar donde las puertas nunca terminan de cerrarse. Cada libro es una y cada lector decide si la cruza.
Aquella tarde, en Ruzafa, Antonio Camaró invitó a cruzar una especialmente vibrante. Una que conduce al mismo infierno, pero también hacia la luz.
Porque, si algo quedó claro entre las páginas de El cabaret del infierno y las preguntas de Antonio Camaró, es que la oscuridad puede ser enorme, pero mientras quede alguien dispuesto a pensar, amar, crear y defender su derecho a ser, la puerta de la luz seguirá abierta.