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El Pouet de San Vicent. Esta identificación luce en el rótulo de la estrecha calle que enlaza la del Mar con la plaza de Tetuán en la que se conserva, precisamente, el pequeño pozo ancestral donde se situaba la vivienda natalicia del polifacético y, sobre todo, hacedor de prodigios o taumaturgo, san Vicente Ferrer. Desde aquí parte este Curioseando Valencia en un mes que podría ser de ‘mig any’, el del semestre que queda y el del que falta para que se celebre la festividad del citado santo alumbrado en 1350.
El recorrido ubicará alguno de los múltiples lugares que frecuentaba el religioso dominico al que el Ayuntamiento, desde este año, dedica una visita que suele guiar Celia Peris. La propuesta surgió de las entidades vicentinas, muy activas en la ciudad principalmente orquestando la representación de los populares ‘miracles’. Y qué mejor punto de partida que el lugar donde nació, que ahora se sitúa urbanísticamente en paralelo a las calles Bretón de los Herreros y General Tovar.
Tras asomarnos y contemplar el pozo al que se atribuyen también propiedades milagrosas, entre otras cuestiones por permitir, con su caudal constante y limpio, superar epidemias de cólera, o las imágenes pintadas alusivas a escenas de la vida del santo, cruzamos lo que en el pasado fue rambla o cauce de agua y hoy se abre como plaza de Tetuán, con una terraza de cervecería como punto inicial más visible. Al fondo, las sedes de Capitanía y de la iglesia de Santo Domingo, cuya primera piedra, como recordamos en el anterior Curioseando Valencia, dedicado a la figura del monarca, la colocó Jaume I.

El pedestal del santo
Caminamos hasta situarnos frente a la imagen del santo que sirve de firme recordatorio de la gratitud que le profesa la metrópoli. De ahí la frase esculpida en el pedestal: “Valencia agradecida a la protección dispensada en la ciudad por San Vicente Ferrer el año MDCLXXVII”. Se yergue entre la entrada del histórico Palacio de Cervelló y la más reciente y menos emblemática del aparcamiento subterráneo. De perfil al convento de dominicos que convirtió en su morada.
Aunque, como siempre en sus recreaciones, el religioso señala al cielo, en este paseo optamos por una vía terrestre, la que nos induce a cruzar la antes mencionada General Tovar y adentrarnos en la trasversal Jiménez de Sandoval para orientarnos hacia lo que fue la celda de san Vicente. Únicamente puede apreciarse, salvo en jornadas de puertas abiertas o visitas guiadas, desde el exterior, ya que el inmueble se encuentra vallado dentro de las instalaciones de Capitanía Militar.
Apenas se percibe la fachada del pequeño recinto que fuera espacio existencial del dominico -compartido con otros religiosos de su misma orden- con la placa que alude a su presencia en el siglo XIV. Aquí no se observa ni un ápice la madera que serviría de base a su jergón (si lo tenía). Bordeamos la valla para caminar por el estrecho tramo de la calle Ciudadela, la que da al murete del Jardín del Turia. Toca anticipar cada pisada para no caer en la transitada calzada.
De este modo guiamos las piernas hacia la plaza del Temple, a la que utilizamos en esta ocasión simplemente como hito en el camino. En los tiempos del santo cuya vida nos sirve de ruta no existía como lugar de culto. Tampoco como espacio administrativo ni delegación estatal. Giramos por la plaza del poeta Llorente y caminamos por la calle Trinitarios, una vía de paso extrañamente tranquila en el bullicio de Valencia. Desde el río y el trasiego sirve de prolegómeno del casco histórico.
Iglesia bautismal
Seguimos hasta la plaza del Conde del Real para introducirnos en la calle en honor a un segundo noble del mismo rango, la del Conde de Olocau. Y de ahí desembocamos en la de otro santo, Luis Beltrán, frente a la que abre sus puertas la iglesia bautismal de san Vicente, la de San Esteban, donde bendijeron al santo el día de su homónimo mártir, de ahí su nombre, como se sigue haciendo año tras año con recién nacidos nombrados con esta denominación tan valenciana. La tradición y la creencia de que hacerlo en este lugar protege de muerte violenta preservan su vigencia.

No podemos entrar en el templo al hallarse cerrado, de manera que proseguimos el recorrido. Bordeamos la plaza de la Virgen y nos plantamos ante la puerta principal actual de la Catedral de Valencia, la barroca o ‘de los hierros’. Sobre ella, con un dedo índice alzado, su túnica de dominico o las alas simbólicas que lo identifican, emerge la figura del personaje histórico -tanto por su predicamento religioso como por su habilidad política- que marca esta ruta. Sí, ahí también está representado sant Vicent Ferrer. Dentro se halla una capilla en su honor y el púlpito gótico desde el que predicó en numerosas ocasiones.
Milagro del ‘mocadoret’
Seguimos sus huellas por el centro, por unas calles que, en su versión medieval, tantas veces recorrió el religioso y en las que dejó su impronta. Como en la cercana plaza -en Tapinería- del Mocadoret. En ella, una semana después de las representaciones habituales de ‘miracles’, este altar recrea cómo el santo identificó, en 1413 y después de lanzar un pañuelo al aire y contemplar dónde se posaba, las penurias de urgente auxilio que sufría una familia. Así sumó un milagro más a su acervo.

“Díganos, Pare Vicent, ¿dónde está esa familia? Guíenos y vamos todos a llevarles dinero y alimentos”, cuenta el propio altar al reproducir aquella escena que le preguntaron tras advertir el santo de su visión en un discurso proferido en la plaza del Mercado. “Que Dios os bendiga por vuestra generosidad. Mi pañuelo os guiará. ¡Seguidlo!”, sería la respuesta del dominico.
Continuamos por el casco histórico en el tramo final de este recorrido, no tanto porque no existan muchos más lugares para rememorar o seguir al santo, sino porque el tiempo y el espacio se nos acaban. Nos plantamos en la plaza del Patriarca para deambular junto a la fachada de su iglesia y recordar que en su interior un cuadro ilustra al santo, muy venerado por quien ostenta en Valencia de manera sempiterna ese título patriarcal, san Juan de Ribera, también arzobispo.
Retorno y otro milagro
Nos acercamos al final del camino, que se sitúa prácticamente en el origen. Volvemos a la calle del Mar para detenernos en el cruce con Gobernador Viejo, en el que una placa casi esquinera recuerda el milagro que, a instancias del santo, revivió a Toni, el hijo de cinco años de Miquel Garrigues. Sí, podríamos continuar hasta otros lugares, como los que representan esa institución secular, festera o benéfica que recibe la denominación de Los Niños de la calle San Vicente, o visitar cualquiera de los altares que evocan los milagros del santo, entre otras muchas opciones.

O, por qué no, desplazarnos hasta la iglesia de Santa Mónica, al otro lado del jardín del Túria, para contemplar el panel cerámico colocado en 1957 en honor al santo con este mensaje: “El Mestre franciscá, Fra Francesc Eiximenis, diu: Pare Vicent, ¿com va la vanitat? San Vicent, contesta: Va i ve, pero no es deté". Esta sección que curiosea por Valencia tampoco se detiene, aunque, por este número, sí que para aquí.