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EL SANTO PROHIBIDO: EL SACERDOTE QUE VALENCIA VENERÓ… Y LA INQUISICIÓN QUISO SILENCIAR

Ángel Beitia
La visión del Padre Simón (Fco. Ribalta) y la iglesia de San Andrés (hoy conocida como san Juan de la Cruz), donde supuestamente descansan sus restos.
La visión del Padre Simón (Fco. Ribalta) y la iglesia de San Andrés (hoy conocida como san Juan de la Cruz), donde supuestamente descansan sus restos.

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En abril de 1612 murió en Valencia un joven sacerdote de apenas treinta y tres años. Poco después, su tumba comenzó a atraer devotos, circularon historias de curaciones y prodigios y miles de valencianos empezaron a considerarlo santo. Pero aquel culto no había sido autorizado por la Iglesia. Siete años después, la Inquisición intervino y ordenó eliminar sus imágenes y escritos. Su nombre era Francisco Jerónimo Simó, el Pare Simó.

Hay historias que comienzan con una muerte y terminan convirtiéndose en un misterio. La de Francisco Jerónimo Simó es una de ellas. El 25 de abril de 1612 falleció en Valencia este joven sacerdote, beneficiado de la parroquia de San Andrés. Durante su vida había llevado una existencia austera, dedicada a la religión y a la ayuda de los necesitados, pero tras su muerte su figura adquirió una dimensión extraordinaria. Comenzaron a extenderse relatos sobre favores obtenidos por su intercesión, curaciones y acontecimientos que muchos interpretaron como milagros. Los devotos acudían a su sepultura, rezaban ante ella y buscaban su protección. Su fama creció rápidamente y aparecieron estampas, escritos y representaciones de aquel sacerdote al que el pueblo comenzaba a llamar santo.

Uno de los testimonios más fascinantes de aquel fenómeno quedó convertido en arte. En 1612, Francisco Ribalta pintó La visión del padre Simón, donde el sacerdote aparece arrodillado ante Cristo cargando la cruz. La obra representaba una experiencia mística atribuida a Simó y contribuyó a fijar la imagen de un religioso favorecido por lo sobrenatural. National Gallery – The Vision of Father Simón Resulta imposible saber hoy dónde terminaba la experiencia religiosa y dónde comenzaba la leyenda, pero la devoción alcanzó una dimensión que terminó preocupando a las autoridades eclesiásticas.

Sus seguidores, conocidos como «simonistas», defendían su santidad y reclamaban su reconocimiento oficial. El problema era que Simó no había sido canonizado: Valencia estaba venerando a un santo que la Iglesia todavía no reconocía. La cuestión terminó mezclándose con rivalidades religiosas y con la necesidad de controlar quién podía determinar qué hombres merecían culto.

En 1619, el Santo Oficio intervino y condenó la veneración pública del padre Simó y ordenó retirar sus imágenes y escritos relacionados con su culto.

Pero las prohibiciones no consiguieron borrar su memoria. Durante décadas continuaron los intentos de recuperar su causa y, en 1665, un sacerdote valenciano llamado Miguel de Molinos viajó a Roma para intentar reactivar el proceso de beatificación. El intento fracasó y Simó nunca llegó a los altares.

Quizá el verdadero misterio no sea saber si sus milagros fueron reales, algo que los documentos históricos no pueden demostrar, sino comprender por qué miles de personas llegaron a creer en ellos.

Durante décadas, los valencianos acudieron a una capilla de la antigua iglesia de San Andrés para rezar ante el cuerpo del padre Simó, convencidos de que allí descansaban los restos de un santo. Ante su sepultura ardían lámparas votivas y se sucedían las plegarias. Hoy, aquella tumba, venerada por miles de personas y después silenciada por la Inquisición, permanece envuelta en el misterio de la historia.

¿Qué ocurrió realmente para que toda una Valencia llegara a creer que Francisco Jerónimo Simó era un santo?

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