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Lord (George Gordon) Byron y (Ernest) Hemingway despuntan como escritores y, a la vez, como grandes evocadores de atractivos viajes, guerras a la que teñidas de ribetes épicos, amores apasionados y fiestas con halo intelectual. De hecho, una de las obras más célebres de este último se titula, literalmente, tal cual, Fiesta. Y fue pergeñada en Valencia.
Numerosas localidades mediterráneas buscan espacios por los que hayan pasado alguno o ambos escritores para convertirlos casi en santuarios de sus andanzas. Por España, y en particular por Andalucía, circularon los dos, aunque en diferentes épocas y siguiendo conflictos bélicos distintos.

El británico lo hizo a principios del siglo XIX, durante la conocida como Guerra de Independencia; y el norteamericano a lo largo -y en numerosas ocasiones- del XX, con el país enfangado en una devastadora guerra civil y en su posterior recuperación.
Y parte del periplo de este último se desarrolló en Valencia. Antes, durante y después de la conflagración bélica. La ciudad le cautivó y dejó muestra de ello en artículos y libros. El enamoramiento surgió desde su llegada a la modernista -y por aquel entonces, de reciente construcción- Estación del Norte. Ocurrió en 1925. El devenir de transeúntes entrando y saliendo le despertó la curiosidad y le incitó a la atenta observación, una de las principales fuentes de nutrientes de sus crónicas periodísticas.

A escasos metros se yergue la espectacular plaza de toros, para el cronista bélico la segunda mejor de España tras la de Sevilla, y con “los toros más bonitos y simétricos”, tal como apunta Celia Peris, guía de Valencia y experta en narrar los pasos de Hemingway en recorridos explicativos por la ciudad, a la que, por cierto, también consideraba idónea para “comer melón o beber”.
Con esos atractivos no dudó en acudir en repetidas ocasiones a lo largo de 32 años, hasta 1957, cuando fue la última ocasión en la que lo hizo. Algunas veces se desplazaba para presenciar los espectáculos de tauromaquia, que le recordaban a las guerras en Grecia contra los turcos, casi coetáneas. Y otras, o incluso las mismas, para comer y beber con los amigos que había forjado en celebraciones diversas.
Quizás a alguno lo conoció en el antiguo hotel Metropol, ubicado precisamente frente a la plaza de toros, donde existió un cine que también lucía ese nombre. O puede que en la oficina de Correos, la ya antigua de la plaza del Ayuntamiento, desde donde remitía sus crónicas. O en el hotel Reina Victoria, en la calle Las Barcas, donde escribió la primera parte de Fiesta, radicado junto al entonces poderoso Banco Español del Río de la Plata.
O es posible que estableciera también contactos en el hotel Inglés, histórico superviviente de aquella época, que, situado frente al Palacio del Marqués de Dos Aguas, lo acogió como un remanso de paz donde compartir confidencias con su amada Marta. O en la plaza de la Virgen, “soleada y limpia”, donde se sentaba a saciar su curiosidad. O en la calle La Paz, en lugares emblemáticos de aquella época ya extintos como el café El Siglo, o el efímero Ministerio de Asuntos Exteriores republicano, sede en la actualidad del hotel Vinci.

Constituyen algunos de los espacios céntricos de Valencia por los que transitaba el escritor y que el Ayuntamiento está empezando a incluir en recorridos que rememoran la figura casi mítica de Hemingway, sinónimo de escritura, aventura y fiesta. Otros de esos lugares, con un itinerario turístico ya diferente, se hallan en la vertiente marinera de la ciudad. Alguien tan amante de la fértil Valencia lúdica no podía dejar de aposentarse en un chiringuito playero para contemplar la puesta de sol.
Hace un par de meses descorchamos la Ruta de los Comercios Emblemáticos de Valencia y nos tomamos una buena copa. Hoy disfrutaremos de una segunda. Bastantes de ellos ya abrían sus puertas a diario cuando Hemingway paseaba por Valencia. Y los que citaremos en este Curioseando Valencia se sitúan cerca de los lugares favoritos, por el centro, del escritor británico.
Nos adentramos en la calle de la Sangre, peatonal, aunque compartida a partes mayores por las terrazas de bares, cafeterías, pastelerías… abarrotadas a la hora de la merienda española o de la cena de los múltiples países de los que llegan foráneos a Valencia. Giro a la izquierda y paso ante la fachada de Turrones Galiana, perfectamente distinguible por su proliferación de senyeras. Local ilustre fundado en 1850, situado frente al teatro Olympia.
En esta espigada calle, la de San Vicente, me gusta observar el suelo para descubrir las conchas de vieira metálicas que indican el Camino de Santiago de Valencia (preferible a la denominación oficial ‘de Levante’ otorgada desde fuera de la Comunitat Valenciana). Mientras lo hago transito junto al bajo en alquiler que albergaba el establecimiento La Huerta de San Vicente, de decoración. O la veterana Oro Gema.

En el portal 41 me topó con un pequeño rótulo que rápidamente concita mi atención: Agencia Teatral Pinkerton @ Lope SL. Frente a ella, otra tienda emblemática: De Manuel Joyeros, con sus estampitas en la puerta (la de la Mare de Déu dels Desamparats y la del Señor del Grande Poder son las más destacadas) junto a los adhesivos de Visa y Mastercard.
Atrás queda el hito de la Vía Augusta que recuerda la historia romana de este recorrido que enlazaba Sagunto, Valencia, Xàtiva y Elche, entre otras urbes. En la esquina con María Cristina se halla Pelucos Hair up, de 1968, con su exposición de pelucas y sus advertencias de servicios como peinado de valenciana, posticería a medida o pelucas para imágenes religiosas.

Al otro lado de la calle, la diminuta, y también con larga trayectoria, Calzados Gaspar. Pervive frente al Pasaje Ripalda, donde se sitúa una tienda puramente autóctona, por su propiedad y por lo que ofrece más allá de recuerdos para turistas. Su nombre ya la define: Siente Valencia, que proporciona desde charcutería hasta arroces, aceites o ninots, tal cual. Y constituye uno de los escasos lugares en los que puede adquirirse una pulsera con los colores de la Senyera.
Y hasta aquí hemos llegado con la segunda copa de cava metafórico de la Ruta de los Comercios Emblemáticos que, dado su carácter degustador y animoso, a buen seguro agradaría a Hemingway.