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En la Valencia de los siglos XVII y XVIII, la campana era mucho más que un objeto colgado en un campanario. Era un artefacto místico, consagrado mediante rituales que la convertían en un ser vivo con nombre propio. Las ceremonias de bendición, llamadas «bautismos de campanas», incluían unciones con óleo santo, imposición de nombres de santos o vírgenes, y la creencia generalizada de que su sonido protegía contra tormentas, epidemias y espíritus malignos. Los manuales de exorcismos recomendaban tocar las campanas durante las tempestades para ahuyentar a los demonios que, se creía, habitaban las nubes negras incluso alejaba las brujas. Cada toque —de misa, de difuntos, de fiesta, de alarma— estructuraba el tiempo colectivo y marcaba el ritmo de una comunidad que vivía al compás de su voz metálica.
Esta dimensión sagrada convertía a las campanas en bienes comunales por excelencia. Se financiaban con limosnas vecinales, donaciones de cofradías y aportaciones del concejo. Sus inscripciones recordaban a los donantes, las fechas de fundición y las advocaciones protectoras. Una campana mayor podía pesar varios cientos de kilos y representar una inversión colosal para un pueblo. No era extraño que, ante la pérdida de una campana, se organizaran rogativas públicas y procesiones de desagravio, como si el robo fuera un sacrilegio que exigía reparación divina. La campana pertenecía físicamente a una torre, pero su significado pertenecía a todos: era patrimonio religioso, memoria colectiva y, en determinados momentos, instrumento de protección.
Pero precisamente por su valor simbólico y material, las campanas se convirtieron en objetivo de robos sistemáticos durante el siglo XVIII. Los archivos del Reino de Valencia conservan decenas de expedientes judiciales sobre sustracciones nocturnas en campanarios de Valencia, Alzira, Sagunto, Llíria y pueblos de la Safor y la Huerta. Los ladrones operaban con precisión quirúrgica: escalaban el campanario bajo la oscuridad, desmontaban las campanas con herramientas especializadas, las bajaban con cuerdas y poleas, y las cargaban en carros antes del amanecer. El bronce era una mercancía codiciada: se fundía en caldererías clandestinas o se revendía en otras localidades, a veces con nuevas inscripciones que borraban su origen.
Lo más perturbador de estos robos no era solo la pérdida económica, sino el silencio que dejaban atrás. Un pueblo sin campanas amanecía mudo: sin llamada a misa, sin toque de difuntos, sin aviso de peligro. Los vecinos describían en los juicios una sensación de vulnerabilidad extrema, como si el robo hubiera roto un pacto invisible de protección. Algunos expedientes mencionan rumores sobre ladrones que usaban fragmentos de campanas para fabricar amuletos o instrumentos de «magia popular», aprovechando la creencia en sus propiedades sobrenaturales. El bronce, que había sido bendecido y puesto bajo una advocación, podía terminar así convertido en objeto de comercio o, según las creencias y rumores de la época, en materia para prácticas alejadas de la religión oficial. La justicia perseguía estos delitos con severidad: las sentencias incluían galeras, multas elevadas y condenas ejemplarizantes, pero muchas campanas nunca regresaron.
Hoy, cuando visitamos campanarios valencianos y escuchamos sus toques tradicionales, difícilmente imaginamos que ese bronce fue durante siglos objeto de deseo, devoción y codicia.
Cada campana superviviente es un testimonio de una época en que el sonido era sagrado, y robarlo era un crimen contra el cielo y la tierra.