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La investidura de Jesús Borràs como nuevo alcalde de Manises deja una imagen difícil de justificar: un alcalde de baja médica tras sufrir un infarto obligado a interrumpir su recuperación para formalizar una dimisión exigida por un pacto político.
Javier Mansilla, apartado de la vida municipal desde febrero por motivos de salud, tuvo que regresar al Ayuntamiento únicamente para presentar su renuncia y permitir que se ejecutara el acuerdo de gobierno firmado entre PSPV, APM-Compromís y Podemos. Un gesto que evidencia hasta qué punto la aritmética política ha prevalecido sobre el sentido común y el respeto al proceso de recuperación de una persona.
La oposición definió este acuerdo como “el pacto de la agonía”, una expresión que cobra aún más fuerza viendo las circunstancias en las que se ha consumado el relevo. Resulta difícil entender que un pacto no pudiera esperar unas semanas más o encontrar una fórmula administrativa que evitara exponer públicamente a un alcalde convaleciente.
Más allá del legítimo cumplimiento de un acuerdo entre partidos, queda la sensación de que las personas han quedado en un segundo plano. La imagen de un alcalde que, tras sufrir un infarto, debe abandonar temporalmente su baja médica para entregar la vara de mando transmite el peor mensaje posible: que los tiempos de la política son más importantes que los de la salud.
Nadie cuestiona la legalidad del relevo, pero sí la oportunidad y la sensibilidad con la que se ha gestionado. Porque cuando un pacto obliga a anteponer los intereses políticos a la recuperación de una persona, deja de ser un ejemplo de estabilidad para convertirse, como lo calificó la oposición, en el auténtico pacto de la agonía.