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Durante décadas, las sierras del sur de Valencia han ocultado una verdad que la memoria oral ha disfrazado de folclore. Tras los relatos de supuestos enfrentamientos entre sanadores y disputas de brujería se esconde una realidad verificable: una sucesión de ejecuciones extrajudiciales, ajustes de cuentas y violencia política que tiñó de sangre los caminos y montes de La Costera y La Vall d'Albaida.
La historiografía local y la memoria oral de las comarcas valencianas han convivido durante casi un siglo con una distorsión deliberada. Lo que en muchos pueblos se recuerda hoy como una riña de curanderos o una venganza de brujas es, en términos estrictamente forenses e históricos, el eco de una violencia sistémica. Entre 1930 y 1950, los caminos rurales y los parajes montañosos no fueron escenarios de conflictos esotéricos, sino los lugares elegidos para el ocultamiento de crímenes políticos y sociales. La clave para entender esta anomalía reside en la funcionalidad del bulo. En una época marcada por el miedo y el control férreo de la información, una desaparición forzosa no podía ser denunciada como un crimen político sin condenar al resto de la familia a la persecución o el ostracismo. Así, cuando un vecino, especialmente si era una figura diferente o con reputación de curandero, era sacado de su casa de madrugada, la comunidad necesitaba una explicación que no desafiara al poder establecido. La narrativa de la disputa profesional o el ajuste de cuentas por brujería servía como una coartada perfecta: despojaba a la víctima de su dignidad política y convertía su muerte en un asunto privado, marginal y, sobre todo, poco político a ojos de las autoridades.
En el imaginario popular de la zona, estas historias se enriquecieron con tintes profundamente sombríos. Se hablaba de noches en las que, mujeres marcadas por el estigma de la brujería se reunían en parajes ocultos. Curanderos no solo utilizaban hierbas de la sierra, sino que poseían conocimientos prohibidos o sanar males incurables a cambio de un precio altísimo. Estas narraciones, pobladas de sombras y presagios, se convirtieron en la explicación preferida para justificar la repentina ausencia de personas que, en realidad, habían caído bajo el peso de la represión política. La «bruja» que desaparecía o el curandero que era encontrado muerto en un barranco eran, en última instancia, los reflejos deformados de ciudadanos cuyos únicos crímenes fueron sus convicciones.
Con rigor académico, estas historias carecen de sustento probatorio en lo que respecta a la magia, pero son valiosas como documentos de trauma colectivo. Los montes que separan Xàtiva de Ontinyent fueron, en la realidad, el escenario de un control territorial brutal donde los paseos que terminaban en cunetas o fosas clandestinas se camuflaban en la narrativa popular como desapariciones voluntarias tras conflictos personales o esotéricos. La violencia contra quienes transitaban los caminos transportando suministros, fundamental en la economía de subsistencia, fue etiquetada a menudo como crímenes cometidos por criminales comunes o «malas artes», omitiendo la autoría de grupos paramilitares o patrullas represoras. Al tachar a las víctimas de brujas o curanderos peligrosos, se justificaba su eliminación ante una sociedad conservadora, convirtiendo el crimen en un acto de limpieza social necesario.
El aura de enigma que rodea a estas desapariciones es, en última instancia, el resultado de décadas de silencio forzado. El misterio no reside en el folclore, sino en la capacidad de una sociedad para transformar el horror absoluto en una leyenda inofensiva, protegiendo así a los supervivientes de una verdad que, durante mucho tiempo, fue demasiado peligrosa para ser pronunciada en voz alta.