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En el Rincón de Ademuz no es difícil encontrar casas cerradas. Encontrar una vivienda disponible para alquilar es otra cosa.
La contradicción desconcierta a quien observa la comarca desde lejos. Se buscan habitantes, familias, trabajadores y profesionales dispuestos a instalarse. Sin embargo, muchas puertas apenas se abren durante el año. Hay casas. Lo que no siempre hay es un lugar donde vivir.
La explicación más cómoda consiste en culpar a sus propietarios. No explica gran cosa.
Que una casa esté vacía no significa que esté disponible. Puede pertenecer a varios hermanos que no consiguen ponerse de acuerdo, necesitar una reforma cuyo coste supera su valor o haber sido heredada por alguien que vive a cientos de kilómetros. También puede conservarse para regresar unas semanas al año, alojar a los hijos o mantener abierta una posibilidad que quizá nunca llegue a utilizarse.
A veces esa casa es lo último que queda de los padres.
Desde la calle parece un edificio cerrado. Para sus dueños puede seguir siendo la cocina donde comieron de niños, el corral que levantó el abuelo, la habitación en la que murió alguien o la puerta a la que todavía llaman casa después de media vida viviendo en otro lugar.
Las estadísticas cuentan viviendas. No pueden contar lo que retienen.
Nada de eso convierte la casa en vivienda disponible.
Muchas casas del Rincón están atrapadas entre una necesidad común y una biografía privada. Quien busca vivienda ve una puerta cerrada. Quien la posee ve detrás una vida que no quiere perder. La casa, entretanto, no recibe a nadie.
Cada propietario tiene una razón. La comarca recibe el resultado.
Ese resultado aparece cuando alguien dispuesto a trabajar o a instalarse descubre que la oferta real es mucho menor de lo que sugieren las calles. La existencia de edificios no garantiza la existencia de viviendas habitables, asequibles y disponibles.
Las causas se acumulan. Hay casas que necesitarían una reconstrucción completa y otras que ni siquiera llegan al mercado. Hay herencias sin resolver, escrituras confusas, miedo al impago, temor al deterioro y malas experiencias que se recuerdan durante años.
También existe una resistencia más difícil de reconocer: vender o alquilar una casa puede sentirse como admitir que ya no se volverá.
Buena parte de la historia reciente de la comarca pertenece a quienes se marcharon sin dejar de regresar. Sus casas permitieron que los pueblos recuperaran voces durante el verano, que los hijos conservaran un origen y que muchas calles no se perdieran del todo.
Pero una comarca no puede vivir únicamente de la posibilidad del regreso.
No se trata de obligar a nadie a vender ni a alquilar. La necesidad colectiva no anula el derecho de propiedad, ni puede exigirse a una familia que convierta sus recuerdos en política de vivienda.
Pero el valor afectivo de una casa cerrada también tiene un coste cuando la vivienda permanece durante años bloqueada, sin una decisión que permita venderla, alquilarla, rehabilitarla o darle otro uso.
Ahí está la contradicción.
Conservar la casa de los padres no convierte a nadie en culpable. Pero los recuerdos tampoco borran lo que una puerta cerrada produce alrededor. Una comarca puede seguir vaciándose sin que ninguno de sus propietarios haya tomado, por separado, una decisión injusta. Los problemas colectivos no siempre tienen culpables claros. A veces nacen de la suma de decisiones privadas razonables.
Un banco de viviendas puede ser útil, pero reunir inmuebles en una lista no abre ninguna puerta. Quien busca casa necesita condiciones claras; quien la ofrece, garantías. Sin seguridad para ambas partes, muchas viviendas difícilmente saldrán al mercado.
También hace falta realismo. No toda casa cerrada puede volver a habitarse. Algunas carecen de instalaciones básicas, presentan daños estructurales o exigirían una inversión que ningún alquiler razonable permitiría recuperar. Llamarlas viviendas vacías no las convierte en viviendas disponibles.
Otras sí podrían abrirse de nuevo mediante la venta, el alquiler, la rehabilitación o una gestión que proteja al propietario y a quien llega.
Lo que no parece razonable es hablar de despoblación y tratar la vivienda como un asunto secundario.
No se atraen habitantes con fotografías ni con invitaciones a comenzar una nueva vida rural. Quien llega necesita una puerta que pueda abrir, una casa en la que quedarse y una estabilidad mínima para hacer planes. Antes de prometer oportunidades conviene comprobar que existe un lugar donde vivirlas.
La comarca puede preguntarse qué hacer con sus casas cerradas sin convertir a los propietarios en culpables. La responsabilidad no recae por entero en nadie, pero tampoco puede seguir en tierra de nadie.
Que una casa tenga dueño no significa que esté habitada. Que esté vacía no significa que esté disponible. Pero que no esté disponible tampoco significa que la comarca pueda permitirse olvidarla.
Las casas cerradas guardan una vida. El problema empieza cuando, por guardarla, impiden que entre otra.