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Cuando el espliego se llamaba espliego

BLAS VALENTÍN

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Estos días he visto anunciada la floración de la lavanda en Ademuz: campos morados, visitas guiadas, mercado artesanal, fotografías al atardecer, aceites esenciales. Todo ese vocabulario nuevo con que el turismo rural aprende a mirar de otro modo un territorio. 

No escribo contra esa iniciativa. Al contrario: los pueblos necesitan vida, trabajo y motivos para que alguien vuelva a mirarlos. Bastante hemos visto marcharse como para despreciar ahora cualquier intento serio de quedarse. Pero conviene que la belleza nueva no tape del todo la faena antigua. 

Hubo un tiempo en que, en el habla de los pueblos, aquella planta no se llamaba lavanda. 

Se llamaba espliego. 

Lavanda suena a escapada de fin de semana, a perfume, a aceite esencial, a imagen hermosa para llevarse del pueblo. Espliego sonaba a madrugada, a pinar, a corbella, a saco, a macho cargado, a caldera, a arrobas y a cuatro perras. Una palabra se deja mirar. La otra trae todavía el trabajo pegado. 

Paco Lozano Aguilar, Paco el Barranco, recuerda que también él fue con su padre a segarlo. De niño jugaba con los veraneantes, pero al día siguiente había que madrugar. Ahí estaba una de aquellas diferencias que no necesitaban explicarse: para unos, el pueblo era verano; para otros, seguía siendo vida y trabajo. La misma calle no significaba lo mismo para todos. 

A las cinco o así, cuando todavía se podía trabajar con la fresca, subían al pinar o adonde tocara. Se segaba, se cargaba y antes de comer se llevaba el espliego a la caldera, cerca de la rambla. Allí lo pesaba Jesús, el sacristán. Pagaban cuatro perras. Luego se comía, se echaba un rato de siesta y por la tarde todavía había que ir a la huerta. 

Esa frase de Paco el Barranco contiene un mundo entero: por la tarde todavía había que ir a la huerta. 

Porque el espliego no era una excursión. Era una faena más en una vida ya llena de trabajos. No sustituía a nada: se añadía a todo. No traía descanso: traía unas monedas. No daba para hacerse rico: daba, con suerte, para las fiestas o para algún gasto. 

Cuando le pregunto a mi tío por qué, si se ganaba tan poco, iban a segar espliego, responde sin adornos: «Porque no había otra cosa». 

Paco Blasco Jarque, Paco el Largo, alcalde de Casas Bajas durante doce años, conserva también memoria precisa de aquella economía del espliego. Me habla de tres puestos: los Charcos, la Rambla y la fábrica de don Román. Recuerda que el espliego no se pesaba por kilos, sino por arrobas, y que, cuando era pequeño, se metía en el serón. También me dice algo que parece menor y no lo es: a veces se segaba de noche, y el agua que se llevaba para beber, si sobraba antes de entregarlo, se le echaba al espliego para que pesara más. 

No era picardía de postal. Era una forma menor de defensa. Cuando todo se pagaba mal, cuando la fatiga se medía desde una báscula ajena, hasta el agua que quedaba en la bota podía convertirse en una pequeña protesta muda. No hacía justicia. Pero añadía peso. Y a veces, en una economía de perricas, el peso era lo único que todavía se podía discutir. 

Quien haya conocido esas faenas sabe que el olor no terminaba en el monte. Volvía con los hombres, entraba en las casas, se quedaba en la ropa, en las manos, en el sueño. 

Por eso importa tanto la palabra. Antes de la cata olfativa estuvo ese rastro pegado a la ropa. Antes de la visita con reserva estuvieron los haces, las arrobas, el macho cargado y la caldera. No sé si las palabras explican siempre la historia, pero a veces la delatan. Lavanda llega ahora aromática, clara, dispuesta para el mercado de las experiencias. Espliego, en cambio, conserva algo más áspero y más nuestro. Tiene tierra en las consonantes. Parece que raspe un poco al decirlo. Guarda mejor la memoria de quienes lo cortaron cuando todavía no era un reclamo. 

La memoria familiar guarda también una escena de mi padre que me cuesta todavía imaginar. Me llegó primero por Paco el Barranco y me la confirmó después mi tío Francisco. Una vez, después de segar y cargar el espliego, fue a entregarlo por unas pocas perras. Le pagaban tan poco que aquello ya era una humillación. Y encima le pusieron pegas. Entonces dijo basta, levantó el espliego y lo echó al río. 

No ganó nada con aquel gesto. Al contrario. Pero hay momentos en que perderlo todo parece más digno que aceptar que el trabajo propio no valga nada. 

Hoy se habla de lavanda: se mira, se fotografía, se huele, se explica. Ayer el espliego se segaba. Hoy se reserva una visita. Ayer se subía con la fresca. Hoy se habla de experiencias. Ayer se hablaba de perricas. 

Bienvenida sea cualquier iniciativa que dé vida al territorio sin arrancarle el alma. Pero bajo esa palabra tan bonita sigue respirando otra más pobre, más áspera y más nuestra. 

Espliego. 

Y en esa palabra todavía madrugan algunos hombres. Todavía baja un macho cargado hacia la caldera. Todavía queda agua en la bota. Todavía un niño oye decir a su padre que lo que gane será para las fiestas. Todavía, en algún rincón de la memoria, mi padre mira lo poco que quieren pagarle. Oye una pega más. Y entonces dice basta. Lo levanta y lo echa al río. 

No por desprecio a la planta. 

Por respeto al trabajo.

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