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Durante años hemos enseñado a los niños a no hablar con desconocidos, y a pedir ayuda si alguien les hace sentir incómodos. Sin embargo, ese desconocido ya no tiene por qué estar en la calle. Puede estar al otro lado de una pantalla. Y quizá aquí empiece una conversación: qué ocurre cuando Internet se convierte en una herramienta para captar, manipular e instrumentalizar menores para cometer delitos.No sería riguroso afirmar que existe ya un aumento cuantificado de esta instrumentalización, porque no disponemos de una estadística nacional específica. Sin embargo, sí existen señales: en España se registraron 488.426 ciberdelitos en 2025, un 5,1 % más que el año anterior, y ya representan el 19,8 % de toda la criminalidad registrada. Además, los delitos sexuales vinculados a la ciberdelincuencia aumentaron un 21 %. Más significativo resulta que la Estrategia Nacional contra el Crimen Organizado y la Delincuencia Grave 2025 reconozca la utilización de menores por organizaciones criminales debido a su vulnerabilidad. El documento señala que los métodos de captación han evolucionado y que las redes sociales y los servicios de mensajería permiten contactar directamente con menores. La delincuencia ha aprendido a utilizar las herramientas que nuestros hijos utilizan.
No obstante, la legislación española ha ido adaptándose: el Código Penal contempla el contacto a través de Internet con menores de 16 años cuando se realiza con determinadas finalidades sexuales y castiga la participación en organizaciones criminales y, a ello, se suma la legislación de protección integral de la infancia, que incorpora el entorno digital dentro de las obligaciones concretas de prevención y protección. Además, la Fiscalía General del Estado también ha advertido de la utilización de medios telemáticos en determinadas conductas delictivas protagonizadas por menores, con especial presencia de WhatsApp, TikTok, Instagram o Telegram. Paralelamente, investigaciones policiales recientes han mostrado formas de captación y manipulación de jóvenes a través de Internet, incluida la captación de menores vulnerables.
Por eso creo que deberíamos ampliar nuestra manera de entender la educación digital ya que, proteger a un menor en Internet no consiste únicamente en enseñarle a no compartir su contraseña o una fotografía, sino que también significa enseñarle a reconocer la manipulación, la presión y el engaño. La prevención ya no puede limitarse al mundo físico.
Y, quizá, no podamos responder con una cifra si está aumentando la instrumentalización de menores para cometer delitos a través de Internet, pero sí sabemos que aumenta la ciberdelincuencia, que las herramientas de captación se han sofisticado y que las instituciones reconocen el uso de entornos digitales para llegar hasta menores vulnerables y estas son señales suficientes para tomarnos en serio esta transformación que estamos empezando a comprender. Porque el mayor riesgo no es solamente que un menor encuentre a alguien peligroso en Internet, también lo es que alguien consiga convencerle de que aquello que está haciendo no es peligroso y cuando esto ocurre, la propia frontera entre víctima e instrumento puede hacerse difícil de distinguir. Durante mucho tiempo enseñamos a los niños a mirar a ambos lados antes de cruzar una calle, por eso quizá ahora tengamos que enseñarles también a mirar al otro lado de la pantalla.