El 20 de mayo de 1932, Amelia Earhart despegó de Harbour Grace, en Canadá, con destino a Irlanda. Quince horas después aterrizaba en un campo de Londonderry y se convertía en la primera mujer en cruzar el océano en solitario. Noventa y tres años más tarde, conviene detenerse a pensar qué hemos hecho con ese legado. Y la conclusión, por mucho que incomode, no invita al optimismo.
Earhart no era, en absoluto, solo una piloto excepcional. Era, ante todo, una declaración de intenciones en una época en que las mujeres no votaban en buena parte del mundo, no accedían a las mismas universidades que los hombres y, desde luego, no se subían solas a una cabina para cruzar océanos. Su vuelo trasatlántico no fue, por tanto, un capricho ni una aventura romántica: fue una demostración calculada, valiente y necesaria de que la competencia no tiene género y de que el talento no entiende de corsés ni de techos de cristal impuestos por una sociedad que prefería, sistemáticamente, a las mujeres en tierra.
Sin embargo, y a pesar de todo ello, la historia ha tratado a Earhart con la misma condescendencia que reservó a tantas pioneras: recordándola más por su desaparición misteriosa en 1937 que por la solidez de sus logros. El enigma del Pacífico ha devorado décadas de titulares, documentales y teorías conspirativas, mientras que sus récords, su activismo y su pensamiento han quedado sepultados bajo el morbo. Se la ha convertido, así, en misterio cuando debería ser referente; en leyenda romántica cuando debería ocupar, en cambio, el centro de cualquier conversación seria sobre igualdad y mérito.
Porque los hechos son, además, elocuentes por sí solos. Earhart fundó las Ninety-Nines, la primera organización internacional de mujeres pilotos, que sigue activa hoy. Ella, además, fue profesora universitaria en Purdue, escritora, conferenciante y defensora pública de la igualdad en la aviación cuando esa posición tenía un coste real y cotidiano. No se limitó, pues, a romper un récord: construyó una causa. Y lo hizo, además, con la misma precisión metódica con la que calculaba sus rutas de vuelo, sin estridencias y sin pedir permiso.
Con todo, hoy, en 2026, las mujeres representan apenas el seis por ciento de los pilotos comerciales en el mundo. Sólo un 6%. Y, casi un siglo después de que Earhart demostrara, precisamente sobre el Atlántico, que no existía ninguna razón física, intelectual ni técnica para esa ausencia, la brecha sigue existiendo, y no es de capacidad. Nunca lo fue. Es, más bien de acceso, de cultura heredada y de una imaginación colectiva que sigue sin atreverse a normalizar lo que aquella mujer normalizó en solitario hace casi cien años.
Earhart cruzó el Atlántico una noche de mayo y aterrizó en la historia. Lo que no logró aterrizar, sin embargo, fue el mundo que dejó atrás. Un mundo que todavía, noventa y tres años después, sigue mirando con sorpresa a las mujeres que se sientan en la cabina. Como si la hazaña de 1932 hubiera sido un accidente y no, en realidad, una lección.