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PISA señala al verdadero suspenso: el sistema educativo.

Carolina Fuertes.

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Hay titulares que deberían incomodar y, después, están los que deberían obligarnos a sentarnos, apagar el ruido político y preguntarnos qué estamos haciendo mal. El último informe PISA pertenece a la segunda categoría: España obtiene sus peores resultados históricos en Lectura, Matemáticas y Ciencias y queda por debajo de las medias de la OCDE y de la Unión Europea en las tres competencias. No estamos, por tanto, ante una mala promoción de estudiantes ni tampoco ante una fotografía aislada, sino que llevamos demasiado tiempo contemplando cómo se deterioran las competencias básicas mientras cada reforma educativa promete transformar el sistema y, permítanme decirlo, aquí conviene ser incómodos: los alumnos no son los responsables de estos resultados. Un adolescente que no comprende un texto, tiene dificultades para resolver un problema matemático o no sabe interpretar un fenómeno científico no es el fracaso de un examen, sino más bien es el resultado de un sistema que acumula cambios legislativos, burocracia, metodologías de moda, desigualdades territoriales y una dificultad creciente para garantizar que lo esencial siga siendo esencial, porque quizá hemos complicado demasiado algo que debería ser sencillo: un alumno tiene que salir de la educación obligatoria sabiendo leer, comprender, escribir, razonar, calcular, interpretar información y pensar críticamente. Y esto, en pleno siglo XXI parece una obviedad, pero quizá hemos dejado de tratarla como tal entre nuevas metodologías, interminables documentos y debates sobre procedimientos, y corremos el riesgo de olvidar que la educación tiene también una misión fundamental: dotar a nuestros alumnos de conocimientos y herramientas que les permitan desenvolverse de manera autónoma en la vida.

El informe PISA revela, además, un dato preocupante: el retroceso español afecta tanto al alumnado con mejores resultados como al más desfavorecido, y eso debería desmontar la tentación de explicar todo recurriendo únicamente a la desigualdad socioeconómica porque hay factores sociales, sí, pero también existe una responsabilidad educativa ya que España baja, y lo hace de forma alarmante: desde 2015 ha perdido 45 puntos en lectura, 30 en matemáticas y 16 en ciencias. Y precisamente en este contexto de pérdida de competencias, emerge otro elemento que ya no podemos ignorar: el impacto de las pantallas y de la inteligencia artificial, destacando que el 54 % del alumnado español declara utilizar chatbots de IA para aprender al menos una vez por semana.

Siendo aquí la cuestión clave que no se trata de demonizar la tecnología, sino de preguntarnos qué lugar debe ocupar en el aprendizaje, ya que este puede tratarse de una herramienta extraordinaria, pero no puede convertirse en una prótesis permanente del pensamiento. Como profesional de la educación, no puedo dejar de plantearme una cuestión: si una máquina resume un texto, redacta un trabajo o resuelve un problema antes de que el alumno haya hecho siquiera el esfuerzo de comprenderlo, ¿qué estamos enseñando realmente? Ya que la tecnología puede facilitar el aprendizaje, pero, si sustituye procesos que el alumno debería desarrollar por sí mismo, corremos el riesgo de formar usuarios dependientes de las herramientas en lugar de personas capaces de utilizarlas con criterio, autonomía y pensamiento crítico.

Por eso, quizá el debate no debería ser si PISA es bueno o malo, sino que el debate debería ser qué vamos a hacer ahora que el espejo nos devuelve una imagen que no nos gusta. Menos guerras partidistas. Menos reformas educativas destinadas a ser sustituidas por la siguiente. Menos obsesión por cambiar nombres, documentos y procedimientos. Y más lectura. Más Matemáticas. Más Ciencia. Más exigencia. Más apoyo al profesorado. Más evaluación rigurosa. Porque si la respuesta a cada mal resultado vuelve a ser justificarlo, relativizarlo o buscar culpables lejos de quienes toman las decisiones educativas, no deberíamos sorprendernos cuando el próximo informe PISA vuelva a colocarnos frente al mismo espejo.

Y entonces ya no podremos decir que no lo sabíamos.

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Carolina Fuertes.
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